Uganda y Ruanda por libre (10): Welcome to Kigali

Vista del skyline de Kigali desde el Memorial del Genocidio

Ruanda es un país que arrastra un fardo tan pesado en la historia africana reciente que su vertiginoso salto a la modernidad sorprende aún más, si cabe.

Del genocidio que manchó para siempre su nombre (entre 800.000 y un millón de tutsis y hutus moderados masacrados en 1994) a un Estado que presume de impoluto: prohibió las bolsas de plástico de un solo uso en 2006 y Kigali debe ser la capital más limpia del continente, donde nadie tira nada al suelo bajo pena de multa y ser avergonzado por el resto. También se ha prohibido la mendicidad y la venta ambulante.

La inclinación de la población a acatar las normas establecidas ayuda mucho a esta impresión que, según otra versión menos entusiasta, sitúa a Kigali como la capital “menos africana” de África. “Limpia y moderna… pero un poco aburrida”, te confiesan otros residentes en voz baja. Lo cierto es que ha atraído un creciente número de blancos para vivir, algunos de países vecinos a los que fueron destinados. Una europea que iba con un bebé y su cochecito al aeropuerto me lo dijo: Ruanda es “el país más seguro de la zona para criar a una familia”, aseguró. Ellos llegaron después de una etapa en Uganda y sabrán de lo que hablan.

Centro de Kigali, con el Ubumwe Grande Hotel frente al Pension Plaza

Considerado a día de hoy como uno de los países más tranquilos y acogedores, al menos por los expatriados, Ruanda ha estampado modernas carreteras a lo largo y ancho de sus verdes colinas. En la capital, que muestra orgullosa un skyline donde asombran la Kigali City Tower o el Kigali Convention Center, con sus luces de colores en la noche, cada primer domingo de mes se celebra el “Free Car Day”: con las principales vías cortadas al tráfico, se invita a dejar aparcados coches y motocicletas y a dedicarse al ejercicio (correr, ir en bici, participar en actividades organizadas en parques y plazas) e interactuar con los vecinos.

Para el que no haya visto aún el Centro de Convenciones de la capital ruandesa, que se imagine una torre Agbar en la que se sentó un día un gigante, achatándola con una ligera inclinación y poniéndole de paso unas luces más alegres para que pasara menos desapercibida para los 1,2 millones de habitantes que se cruzan con ella varias veces al día: caprichos de las calles que serpentean por sus mil colinas.

Barrio de Nyamirambo, Kigali

Conductores de boda-boda en Kigali

Si las quieres recorrer en boda-boda (moto taxi), puedes reservar una con la app SafeMotos y te llega a los pocos minutos gracias a la geolocalización de tu smartphone. No hace falta llevar efectivo porque puedes pagar con la aplicación. Sólo un pasajero, casco obligatorio (lo trae el conductor, con gorrito higiénico desechable incluido) y “safe driving” (conducción segura). Este Uber de las motocicletas-taxis se ha expandido en el Este de África pero los “riders” ruandeses se cuentan entre los más profesionales y entrenados para respetar las normas al pie de la letra, incluidos semáforos en rojo en una noche solitaria. Y son encantadores, pura sonrisa.

Un contraste que sacude al visitante (y sus prejuicios que, sin duda, trae en la maleta) nada más llegar. Si la emergente Ruanda es una sólida realidad o más bien el resultado de una inédita y meticulosa operación de “branding” que busca borrar el pasado de cuajo y atraer a inversores solventes y gente de bien, eso es otra discusión.

Uno alimenta sus sospechas en este sentido cuando escarba un poco más y descubre que el todopoderoso Paul Kagame, que mueve las riendas del país centro-africano desde el genocidio de 1994 (fue oficialmente presidente desde 2003 y en 2017 renovó su cargo hasta 2024) mantiene a raya a la oposición con unas medidas más que discutibles. Cualquier disidencia, como la prensa, es amordazada, encerrada (ha habido detenciones extrajudiciales) o, según algunas denuncias, cosas peores.

Tarde de fútbol frente a la Gaddafi’s Mosque

La opositora Diane Ruwigara, por ejemplo, líder del Movimiento de Salvación del Pueblo, no pudo formalizar su candidatura presidencial a las elecciones de 2017 por varias acusaciones. Fue encarcelada en 2017 acusada de incitación a la revuelta y traición, entre otras lindezas, aunque quedó en libertad bajo fianza tras un año en prisión a la espera de juicio porque no pudieron probar los cargos. Como muestra de la “amenaza” para el país, el gobierno incluyó unos mensajes críticos con Kagame en un grupo de whatsapp… en el que estaba su madre, Adeline, a la que también encarcelaron para engrosar las cifras de opositores entre rejas

Por cierto, las cosas de familia suelen venir de lejos y ésta no es una excepción: Diane es hija de Assinapol Rwigara, industrial y financiero clave del Frente Patriótico Ruandés, que en 2015 falleció en un misterioso accidente de tráfico. Diane y Adeline tienen otra teoría sobre la muerte y por ello pedían una investigación independiente para esclarecer la causas…

Pero en fin, el visitante que se deja cautivar por la luminosa Ruanda y la amable capital de esta nación de unos 12 millones de almas quedará sin duda ajeno a los subsuelos del poder y sus misterios. No tanto a su historia, ya que sin duda visitará el Memorial del Genocidio -y quizás iglesias convertidas ahora en memoriales, como la Ntarama Church, donde los Interahamwe entraron a matar a 5.000 personas, mujeres y niños en su mayoría- y quedará tocado, roto por dentro, por mucho tiempo.

Lunchtime en el Tamu Tamu restaurant

Por suerte, en el recuerdo de esta Ruanda moderna, limpia, llena de luz, de una temperatura templada por la altura geográfica –también les gusta eso a los blancos, además de los restaurantes elegantes- pesará más la amabilidad y hospitalidad de su gente, su sonrisa sincera y trato exquisito, su notoria resiliencia y su hambre de futuro. Una Ruanda a la que uno desearía volver cuanto antes y buscar el tiempo para explorar el espeso bosque tropical Nyungwe, el Volcanoes National Park, las sabanas del Akagera o la orilla del lago Kivu. Y si aún tiene pendiente el tracking de los gorilas de montaña, y su presupuesto es holgado, ya sabe…

Atardecer en Kigali

La bella y relajante Ruanda me esperaba al final de unas dos horas de viaje por carretera en transporte público desde Kabale, Uganda. Había dejado mi equipaje en el matatu del Taxi Park (“no problem”, me dijeron) y había ido a cambiar 150 euros en francos ruandeses (RWF) acompañado del amigo Asaph, que me había recogido en coche en el Edirisa del Lake Bunyonyi.  Mientras compraba un poco de chapati y un racimo de plátanos, de esos pequeños y dulces, para este tranquilo viaje aún no sabía dónde dormiría en Kigali. Sólo tenía algunos nombres, lugares y teléfonos y la incomparable emoción que te acompaña al pisar tierras desconocidas, sin planes concretos ni horarios.

P.S. Todo iba perfectamente hasta que en el control de fronteras de la entrada a Ruanda empezaron a hacerme demasiadas preguntas. “¿Dónde va a dormir?” “No lo sé aún, ya veremos”. “¿Cómo puedes ir a Ruanda sin ninguna reserva?” “Bueno, tengo el teléfono de un tal Mama Rwanda Hostel”. Mala suerte, el poli me lo pidió, se fue a llamar, y volvió meneando la cabeza: el número no era bueno (maldito TripAvisor, ay…). “Cuántos días en Kigali?” “Tres, tengo vuelo de regreso a Entebbe”. “Dónde trabajas? Escribe aquí el nombre…” “Bueno, ya no, cerraron hace dos meses”. Y cejas alzadas de nuevo: “Si no tienes trabajo, ¿cómo puedes viajar”? Ay…. En fin… un poco más de teatro y el sello estampado en el visado en el pasaporte (el relativamente reciente visado de África del Este de 100 $/75 € con el que puedes moverte durante tres meses libremente por Uganda, Kenya y Uganda, emitido en el país de llegada).

Luego, de vuelta al matatu entre relucientes campos de té, mi joven compañero de asiento, un estudiante de 18 años, sobre las colas y preguntas en el control fronterizo: “Preguntan mucho porque pretenden parecer eficaces…”

P.S 2: Al menos no me abrieron el equipaje para confiscarme/multarme por entrar con bolsas de plástico, como me habían advertido que podía suceder. Mis botas de trekking aún sucias del barro de Bwindi lo agradecieron. Y el resto de mi ropa, aún más.

Invitación a mantener limpia la ciudad en el famoso “Mural walk”

Datos útiles:

Mapa de Ruanda (fuente: Lonely Planet)

Ruta Kabale (Uganda)-Kigali (Ruanda): Fácilmente accesible en vehículo público entre 1.30h y 2h, en función del control aduanero.

Formalidad: visado (50$) expedido en la misma frontera o el visado de África del Este (100$/75 €) de entrada múltiple que permite circular por Uganda, Ruanda y Kenya durante 90 días. Ambos se pueden tramitar previamente a través de las delegaciones diplomáticas en el país de origen o por internet.

© Texto y fotos de Carles Cascón, 2018

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